Por Cristian Balmaceda, Alcalde de Pirque y Presidente de AMUR

No me cabe duda que si el amable lector pregunta a sus padres, a sus abuelos o a los padres de estos, seguro encontrará¡ en alguna historia, aquel familiar que llegó del campo a la ciudad buscando un mejor porvenir y creyendo en un Chile mejor y más justo.

Según recientes estudios del INE, un 87,4% de los chilenos vive en ciudades, lo que ha cambiado totalmente el foco de atención de las personas y, sobretodo, del Estado. Esto ha traído graves consecuencias para los 2,4 millones de personas que viven en comunas rurales. A modo de ejemplo, un ciudadano que vive en Buin, a 60 km del Palacio de La Moneda, centro neurálgico de nuestro poder político, no necesariamente cuenta con servicios básicos como agua potable, luz o alcantarillado.

Un vecino de Lampa que trabaja en Santiago, debe contar con medios alternativos de transporte, pues fuera del anillo urbano de la ciudad no existe el Transantiago, lo que implica pagar pasajes extra, peajes en carreteras y autopistas concesionadas.

Una familia de Til Til debe soportar convivir con gran parte de la basura de la Región Metropolitana porque un plan regulador obsoleto, discriminador y anacrónico así­ lo dispone. Esta realidad es algo cotidiano – y normal- en nuestros territorios.

Haciendo eco de las comunas rurales de la Región Metropolitana, queremos un Estado que nos dé atención, que tome en cuenta y escuche nuestras necesidades, que busque preservar nuestra idiosincrasia sin alterar nuestro desarrollo, como sucede por ejemplo, con los loteos irregulares, los que son no solo un tremendo engaño para nuestros inocentes vecinos, sino también una verdadera carnicería para nuestros municipios.

Es indispensable comprender que vivir en una comuna rural no implica vivir en un lugar donde no existen buenos colegios o centros de atención médica, ni transitar por caminos intransitables, ni carecer de servicios básicos. La vida rural tiene directa relación con la idiosincrasia, las raíces y la historia de Chile y su gente, por lo que se vuelve imperante la necesidad de trabajar mancomunadamente ante los desafíos de la gestión local.

La otra cara de la moneda: Lo que implica vivir fuera del anillo urbano

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